Recuerdo que a mediados del 1998, hice lo que todo hombre que se precie de serlo quisiera hacer alguna vez: Mandar todo al carajo y tener los huevos suficientes para emprender su independencia lejos de todo y de todos, con renovados bríos y lejos, lo más posible, del seno materno… Aquella vez solo llevaba una mochila con dos mudas de ropa, una novela a medias en el disco duro de la computadora y cerca de 200 pesos en la bolsa. Esa vez el destino era Chiapas, ¿Por qué Chiapas? Será que lo que nos han venido vendiendo acá en el norte, de los estados más lejanos del país, era el que menos conocía. Me fui con la firme convicción de aplicar mis escasos conocimientos de computación y telecomunicaciones en cualquier empresa del rubro o similares que se dignara de contratar a un egresado de una escuela particular técnica que, de fama y respetable tiene lo que una canción de Arjona y pasante de una de las universidades más prestigiadas del estado, por un sueldo que cubriera mis necesidades más básicas: Un carro del año, lugar digno para vivir, quizá con dos o tres recámaras más la de huéspedes o groupie en turno y un amplio jardín y, sobre todo, el cargador de mi computadora que mi perro hubo destrozado unos días antes del viaje; claro que dicho trabajo debía dejarme por lo menos libre medio día para no echar por la borda mis sueños de escritor; bueno, que esperaban, uno que es joven y tiene sueños…
Cuando le informe a mi madre que me iba a buscar mi destino a tierras más calientes, puso el grito en cielo porque el menor de tres hermanos se iba, metafóricamente y como diría Calamaro, Sin documentos. El sueño de pasar a clase media-alta se le esfumaba de las manos a una madre protectora y cariñosa que esperaba sus réditos a tanto sacrificio económico, moral y físico, convertidos en la licencia para presumirle a sus amigas buitres de las mutualista que ella también era madre de un hijo ganador como los de todas ellas, así como presumir a la familia, mutualista también, por si se lo preguntaban, el primer título de un familiar directo que se podía ostentar orgulloso e imperturbable en la sala de la casa paterna junto al, casi seguro, gafete de Gerente o un puesto similar garantizado que me ofrecía una empresa transnacional a condición de que prestara mis servicios a partir los dos últimos semestres de mi carrera sin goce de sueldo. Oferta que, viendo a futuro, muchos darían su vida por ella.
A bordo de un camión guajolotero, empecé el viaje con escala en todos los ranchos habidos y por haber del trayecto Torreón – Chiapas. Ya en el asiento roto que asomaba la esponja manchada de sudores de señoras gordas y borrachos sin fronteras, sentí asombro y admiración de mí mismo de no echarme a llorar. Por primera vez en mi vida no tenía un plan, o más bien, el único plan que tenía era no volver a la casa paterna en muchos años, y no por rencores, sino porque no soportaría la cara de decepción y la mirada triste de un fracaso más a la lista de logros de padres que colgaba de la mente y corazón de cada uno de mis viejos. Así que el plan era alejarme al menos durante los años que duraba un duelo de 18 años de estudios y sacrificios echados en un camión guajolotero junto a señoras jóvenes de semblantes viejos por su mal carácter y cutis curtidos y quemados por el sol a todo su esplendor que asomaba durante sus jornadas de trabajo.
El viaje duraría cuatro días y cinco noches, de las cuales dos transcurrirían en el camión (la primera y la última) y las tres restantes en hostales rurales donde esperaríamos el amanecer para que más personas con guajolotes (por algo esos camiones llevan ese nombre ¿No?) suplieran a le gente que bajaría en dicho poblado por la noche a vender a sus aves.
Cuando salimos al camino que apenas se abría por pequeños tragaluces al lado de la carretera, el aire que entraba por una de los vidrios rotos, era gélido y rebotaba en mi cara junto con el humo de mariguana que se venía fumando el pasajero de enfrente. En ese momento, una sola duda ocupaba mi mente: ¿Qué sería y qué imagen crearía de mí mi familia cuando descubriera las revistas pornográficas que hube dejado debajo del colchón?
Sin prestar mucha importancia a los estigmas familiares que se arraigarían en la frente de cada uno de los que me conocía, trate de dormir un poco hasta que, de la nada, el hombre que me arrojaba el humo de mariguana, que era no mayor de treinta años, saco una glock 9mm y, al grito de ¡Puta Vida!, jalo el gatillo mientras recargaba el cañón sobre su sien derecha…
El sonido detonante que provoca la pólvora al hacer explosión seguido por el sonido seco de plomo contra hueso, sobresalto a la totalidad de los pasajeros que en su mayoría eran mujeres. Muchas de ellas rompieron en llanto histéricas cuando vieron caer el pesado cuerpo inerte y como atestaba la cabeza contra el piso laminado del camión, llenando en segundos un perímetro de más o menos un metro de oscura y espesa sangre que no dejaba de correr…
Mi primera reacción fue pararme y alejar los píes lo más posible, sin muda de zapatos, lo menos que podía permitirme era ensuciar los que traía, y menos si era de sangre, que en cualquier lugar levantaría sospechas y pasaría como narco desaparecido haciendo a algún reten triunfal de una mención honorifica por esfuerzo al merito.
El chofer paró el autobús y estupefacto preguntó a las infortunadas conocidas del familiar que qué hacían con el cuerpo. Una se hinco a dos asientos del cuerpo y no dejaba de rezar mientras se persignaba repetidamente, otra lloraba histérica sobre él mientras le pegaba en el pecho e inútilmente le pedía explicaciones de su temeraria acción y la última que le acompañaba, no dejaba de comer mientras decía que ella ya lo veía venir, que era un don nadie dueño de nada y que era cuestión de tiempo para que le llegara aquel trágico destino… imperturbable, el chofer bajo del camión sacó del portaequipaje un garrafón con agua que vertió sobre las periferias del cuerpo mientras la secaba con un viejo trapeador dándole empujoncitos al cuerpo sin vida.
Ya sin paciencia, el chofer le dijo a las mujeres, que era hermanas y esposas (sí, las tres) del difunto; aparte de que compartían el mismo nombre: “María” – O lo tiramos y seguimos el camino, o aquí se bajan ustedes con el muertito; no puedo dejar que me acusen de tráfico de muertos – hubo una pequeña reunión entre las tres Marías y entre cuchicheos y murmullos, solo se entendían las majaderías que decía la antes mencionada nostradamus, la María gruñona.
La que lloraba impetuosamente, María Histérica, se acerco a hablar en voz baja con el chofer. Despues de cerca de quince minutos de manoteos y aspavientos, el chofer ocupo de nuevo su asiento y entre las tres llevaron al difunto al lugar en el que él iba viajando y lo recargaron contra la ventana. Por lo que puedo suponer, se negociaba la posibilidad de llevarse al difunto a la tierra que lo vio nacer para que allá fuera sepultado. Ya acomodado el muerto, las tres Marías se pusieron a discutir de nuevo, a juzgar por lo que se vio, trataba sobre quien de ellas sería la acompañante del silencioso viajero. María Histérica gritaba que lo hicieran por su hermano, mientras que María Católica pedía paz entre ella y María Gruñona que a punto estaba de lanzársele encima. Entre mentadas de madre, la ganadora se acerco a su nuevo lugar mientras le daba un puñetazo al muertito y le decía: -¡¿Cómo es posible que hasta muerto me sigas jodiendo la vida?!-
El camión avanzo lentamente de nuevo para retomar el viaje después de como cuarenta minutos de retraso, la mujer no dejaba de renegar de su suerte mientras se subía las calcetas tratando de quitar lo más posible las pocas manchas de sangre. Yo al menos podría tratar de descansar un poco sin ponerme un porro gratis; apenas recargue la cabeza en el respaldo del camión, cuando sobre mi cara empecé a sentir el olor a petate quemado que da la mariguana; sí, la María gruñona había encontrado el porro a medio fumar que había dejado el difunto y emulaba la escena del humo sobre mi cara junto con viento gélido que párrafos antes mencione… sería una larga noche, pero al menos podría ver los borregos que contaría para dormir…
Continuara…


