Archivo

Cuentos

Recuerdo que a mediados del 1998, hice lo que todo hombre que se precie de serlo quisiera hacer alguna vez: Mandar todo al carajo y tener los huevos suficientes para emprender su independencia lejos de todo y de todos, con renovados bríos y lejos, lo más posible, del seno materno… Aquella vez solo llevaba una mochila con dos mudas de ropa, una novela a medias en el disco duro de la computadora y cerca de 200 pesos en la bolsa. Esa vez el destino era Chiapas, ¿Por qué Chiapas? Será que lo que nos han venido vendiendo acá en el norte, de los estados más lejanos del país, era el que menos conocía. Me fui con la firme convicción de aplicar mis escasos conocimientos de computación y telecomunicaciones en cualquier empresa del rubro o similares que se dignara de contratar a un egresado de una escuela particular técnica que, de fama y respetable tiene lo que una canción de Arjona y pasante de una de las universidades más prestigiadas del estado, por un sueldo que cubriera mis necesidades más básicas: Un carro del año, lugar digno para vivir, quizá con dos o tres recámaras más la de huéspedes o groupie en turno y un amplio jardín y, sobre todo, el cargador de mi computadora que mi perro hubo destrozado unos días antes del viaje; claro que dicho trabajo debía dejarme por lo menos libre medio día para no echar por la borda mis sueños de escritor; bueno, que esperaban, uno que es joven y tiene sueños…

Cuando le informe a mi madre que me iba a buscar mi destino a tierras más calientes, puso el grito en cielo porque el menor de tres hermanos se iba, metafóricamente y como diría Calamaro, Sin documentos. El sueño de pasar a clase media-alta se le esfumaba de las manos a una madre protectora y cariñosa que esperaba sus réditos a tanto sacrificio económico, moral y físico, convertidos en la licencia para presumirle a sus amigas buitres de las mutualista que ella también era madre de un hijo ganador como los de todas ellas, así como presumir a la familia, mutualista también, por si se lo preguntaban, el primer título de un familiar directo que se podía ostentar orgulloso e imperturbable en la sala de la casa paterna junto al, casi seguro, gafete de Gerente o un puesto similar garantizado que me ofrecía una empresa transnacional a condición de que prestara mis servicios a partir los dos últimos semestres de mi carrera sin goce de sueldo. Oferta que, viendo a futuro, muchos darían su vida por ella.

A bordo de un camión guajolotero, empecé el viaje con escala en todos los ranchos habidos y por haber del trayecto Torreón – Chiapas. Ya en el asiento roto que asomaba la esponja manchada de sudores de señoras gordas y borrachos sin fronteras, sentí asombro y admiración de mí mismo de no echarme a llorar. Por primera vez en mi vida no tenía un plan, o más bien, el único plan que tenía era no volver a la casa paterna en muchos años, y no por rencores, sino porque no soportaría la cara de decepción y la mirada triste de un fracaso más a la lista de logros de padres que colgaba de la mente y corazón de cada uno de mis viejos. Así que el plan era alejarme al menos durante los años que duraba un duelo de 18 años de estudios y sacrificios echados en un camión guajolotero junto a señoras jóvenes de semblantes viejos por su mal carácter y cutis curtidos y quemados por el sol a todo su esplendor que asomaba durante sus jornadas de trabajo.

El viaje duraría cuatro días y cinco noches, de las cuales dos transcurrirían en el camión (la primera y la última) y las tres restantes en hostales rurales donde esperaríamos el amanecer para que más personas con guajolotes (por algo esos camiones llevan ese nombre ¿No?) suplieran a le gente que bajaría en dicho poblado por la noche a vender a sus aves.

Cuando salimos al camino que apenas se abría por pequeños tragaluces al lado de la carretera, el aire que entraba por una de los vidrios rotos, era gélido y rebotaba en mi cara junto con el humo de mariguana que se venía fumando el pasajero de enfrente. En ese momento, una sola duda ocupaba mi mente: ¿Qué sería y qué imagen crearía de mí mi familia cuando descubriera las revistas pornográficas que hube dejado debajo del colchón?

Sin prestar mucha importancia a los estigmas familiares que se arraigarían en la frente de cada uno de los que me conocía, trate de dormir un poco hasta que, de la nada, el hombre que me arrojaba el humo de mariguana, que era no mayor de treinta años, saco una glock 9mm y, al grito de ¡Puta Vida!, jalo el gatillo mientras recargaba el cañón sobre su sien derecha…

El sonido detonante que provoca la pólvora al hacer explosión seguido por el sonido seco de plomo contra hueso, sobresalto a la totalidad de los pasajeros que en su mayoría eran mujeres. Muchas de ellas rompieron en llanto histéricas cuando vieron caer el pesado cuerpo inerte y como atestaba la cabeza contra el piso laminado del camión, llenando en segundos un perímetro de más o menos un metro de oscura y espesa sangre que no dejaba de correr…

Mi primera reacción fue pararme y alejar los píes lo más posible, sin muda de zapatos, lo menos que podía permitirme era ensuciar los que traía, y menos si era de sangre, que en cualquier lugar levantaría sospechas y pasaría como narco desaparecido haciendo a algún reten triunfal de una mención honorifica por esfuerzo al merito.

El chofer paró el autobús y estupefacto preguntó a las infortunadas conocidas del familiar que qué hacían con el cuerpo. Una se hinco a dos asientos del cuerpo y no dejaba de rezar mientras se persignaba repetidamente, otra lloraba histérica sobre él mientras le pegaba en el pecho e inútilmente le pedía explicaciones de su temeraria acción y la última que le acompañaba, no dejaba de comer mientras decía que ella ya lo veía venir, que era un don nadie dueño de nada y que era cuestión de tiempo para que le llegara aquel trágico destino… imperturbable, el chofer bajo del camión sacó del portaequipaje un garrafón con agua que vertió sobre las periferias del cuerpo mientras la secaba con un viejo trapeador dándole empujoncitos al cuerpo sin vida.

Ya sin paciencia, el chofer le dijo a las mujeres, que era hermanas y esposas (sí, las tres) del difunto; aparte de que compartían el mismo nombre: “María” – O lo tiramos y seguimos el camino, o aquí se bajan ustedes con el muertito; no puedo dejar que me acusen de tráfico de muertos – hubo una pequeña reunión entre las tres Marías y entre cuchicheos y murmullos, solo se entendían las majaderías que decía la antes mencionada nostradamus, la María gruñona.

La que lloraba impetuosamente, María Histérica, se acerco a hablar en voz baja con el chofer. Despues de cerca de quince minutos de manoteos y aspavientos, el chofer ocupo de nuevo su asiento y entre las tres llevaron al difunto al lugar en el que él iba viajando y lo recargaron contra la ventana. Por lo que puedo suponer, se negociaba la posibilidad de llevarse al difunto a la tierra que lo vio nacer para que allá fuera sepultado. Ya acomodado el muerto, las tres Marías se pusieron a discutir de nuevo, a juzgar por lo que se vio, trataba sobre quien de ellas sería la acompañante del silencioso viajero. María Histérica gritaba que lo hicieran por su hermano, mientras que María Católica pedía paz entre ella y María Gruñona que a punto estaba de lanzársele encima. Entre mentadas de madre, la ganadora se acerco a su nuevo lugar mientras le daba un puñetazo al muertito y le decía: -¡¿Cómo es posible que hasta muerto me sigas jodiendo la vida?!-

El camión avanzo lentamente de nuevo para retomar el viaje después de como cuarenta minutos de retraso, la mujer no dejaba de renegar de su suerte mientras se subía las calcetas tratando de quitar lo más posible las pocas manchas de sangre. Yo al menos podría tratar de descansar un poco sin ponerme un porro gratis; apenas recargue la cabeza en el respaldo del camión, cuando sobre mi cara empecé a sentir el olor a petate quemado que da la mariguana; sí, la María gruñona había encontrado el porro a medio fumar que había dejado el difunto y emulaba la escena del humo sobre mi cara junto con viento gélido que párrafos antes mencione… sería una larga noche, pero al menos podría ver los borregos que contaría para dormir…

Continuara…


No puedo ofrecerte una definición perfecta de donde estoy ni el por qué. Solo puedo decirte que me encuentro de píe entre las cenizas de lo que pudo haber sido.

Aquel día todo comenzó con la esperanza de que por fin algo ocurriera. Algo fuera de las ilusiones cotidianas y de predecir el futuro sin siquiera un presente en las manos.

Así pasó, se veía gente diferente en un lugar de gente siempre conocida. Conocida solo estabas tú. Llegó la música y los olores de otros tiempos. Recordaban pasajes y tiempos remotos. Tiempos felices, quizá; antes de entrar a esta habitación.

Estoy escribiendo desde un lugar desconocido de mi conciencia. Bueno, quizá no desconocido, pero que no me gusta. Afuera de mí está el mí mismo inocente y crédulo que no ha aprendido a resolver conflictos minúsculos, como repeler las culpas de una moral intranquila. Ése que fue el qué te entregué. Ese día, el día que todo fue diferente, y ayer, que todo fue igual, me quitaron de un jalón mis ganas de estar bien.

Mi delito es practicar ese deporte tan mío de inventarme jorobas para que ni la camisa de once varas me apriete. Masoquista profesional, aunque amateur de nómina porque no le veo ganancias a esto de sufrir por sufrir. Más idiota aún es creer que la distancia resuelve la alquimia imposible de convertir mis defectos en virtudes, per se.

Hice de la inmadurez un templo en donde le rezo a mi mártir que es el mí mismo o el mí desconocido; no sé, la verdad. Contigo decidí que no me conocieras tanto porque temía resultar tan interesante como un señor paseando a su perro en lunes. A la fecha siento moretones pero no logré convertir mi alter ego en ése que tú querías. Hoy me decidí a partir hacía el lugar donde estoy ahora. Me doy cuenta del error, pues el que me recibió era el mí mismo que no conozco y que no me gusta. Entonces, ¿Para qué ir tan lejos si uno siempre se lleva pegado a si mismo?

Aquí solo tengo las ganas de alimentarme de cachos de planeta o de ti, ya no lo sé, todo es igual… gris. Me doy cuenta de que me venciste en esta lucha de personalidades, de que gasté tanto tiempo en no ser nada queriendo ser todo.

Me haz vencido, lo admito, y como derrota firmo esta carta desde una habitación gris. Eres una gran guerrera, porque un gran guerrero no ataca el cuerpo ni el alma; ataca el corazón… y tú haz destrozado el mío por completo…

Well I’ve been here before
sat on a floor in a grey, grey mood.
Where I stay up all night,
and all that I write is a grey, grey tune…


Las ocasiones en que fui a verte fueron contadas, y fueron veces de decepción. Solo quería ser feliz, lo acepto. Idealicé, y el peor error que puede hacer un hombre sobre una mujer es idealizar. Por qué idealizar significa soñar, significa conservar esperanzas de que se satisfagan los caprichos, las fantasías, los sueños. Sabía a lo que iba y lo hice, así que sé que no tengo nada que reclamarte. No te reprocharé, pero ¿sabes qué? No vales nada…

Y lo digo más por mí que por ti. Porque sé que a ti te importa un carajo lo que yo sienta. Pero yo tengo que hacerme la idea de que no vales nada, porque si sigo creyendo que vales siquiera un quinto para ilusionarme, el que saldrá perdiendo (otra vez) seré yo. ¿Aunque sabes qué? Ya no me importa si vuelvo a perder, porque todo lo aposté a una única ficha, la ficha de la estúpida idealización y lo único que logré fue quedarme en banca rota sentimental. Así que, bienaventurada sea este bingo de tarjas mentales, sentimentales…

No puedo continuar en esta situación. Es degradante. Ayer fui al restaurante -a ése restaurante-, y no lo noté hasta que estaba allí. Pedí la mesa de siempre y se me hizo un nudo en la garganta. Pedí un agua mineral, apenas le di un trago y salí lo más pronto de allí… caminando, mientras me alejaba, me iba mordiendo los labios, como el hombre fuerte que siempre fui ante ti.

No he vuelto a leer mi libro favorito. Simplemente no puedo leer tus recuerdos. He dejado de hacer muchas cosas que antes hacía. Consciente o inconscientemente, ya no lo sé.

Maldita sea, ¡maldita seas! No puedo dormir, apenas recuesto la cabeza y recuerdo. Apenas cierro los ojos y sueño. Apenas paso por aquí, por allá y te veo; y no solo a ti, te veo abrazada de alguien, ¿Sabes de quien? De mí… nos vemos juntos en aquellos lugares, nos vemos juntos en mi alcoba, en el sillón. Me veo desvistiéndote, diciéndote cosas dulces para calmar los nervios de tu primera vez. ¿Cómo es posible sobrevivir a esto? Estoy a dos pensamientos de un ataque de ansiedad.

Son días como estos en los que solo quiero llegar a la casa y tenderme en la cama, ¡pero es tu cama! Tiene tu aroma… son días como estos cuando tengo que respirar profundo para no quebrarme. Son días como estos en que muero por dentro… en el que los nudos me destrozan la garganta. Cuando los parpados humedecidos no son porque esté bajo la regadera, son porque tus recuerdos están comiéndose mi corazón a mordidas…

Era hora de partir.

De pronto explosiones, temblores y caos tan eternos como diez segundos.

Sabía que donde se encontraba ahora sería el último, el único y el primero, no era una elección, pero así siempre lo quiso. Sería el comienzo y el final. Todo empezaría cuando se hubiera terminado.

Así empezó a flotar, solo veía colapso a su alrededor. Entraba al mundo anillo. Todo era negrura. De pronto, a lo lejos, se vislumbro una luz, una chispa… estrellas. Era el comienzo o era el final. Lucho, se acerco, pero era en vano, volvía al mismo punto… la clave era dejar de pensar. No pienso y luego no existo. Sonaba lógico.

Pero termino de recorrer la espesura de la eternidad y llego al punto de partida. Había partido entre risas, y aunque sufrió, volvió a sonreír.

Entonces, en la soledad de esa inmensidad, recordó, se aferro… no podía morir, pero podía no vivir, al menos no conscientemente…

Entonces, pensó de nuevo, recordó que su felicidad era despertar por la mañana saltando porque algo había que le gustaba hacer, algo en lo que creía y que era extraordinario. Durmió para soñar en despertar.

Por un momento olvido el caótico universo y el eterno retorno, por un momento dejo de creer que era el último, el único y el primero.

Por un momento dejaron de ser sus ojos del color que genéticamente se le dieron, dejaron de reflejar la negrura de la inmensidad del universo; sus ojos ya no tenían un color definido, sino de todo lo que habían visto, y entre más veía, de más colores eran sus ojos…

Y un estallido reventó sus tímpanos, su cabeza… y todo comenzó.

Siempre he tenido como Máxima el universo.

En él encuentro toda la calma que necesito, imaginarme perdido en él, me da las fuerzas para encontrarme a mí mismo.

Gran parte de mi adoración, se centra en sus estrellas. Imaginar que a millones y millones de kilómetros, hay materia colapsando ininterrumpidamente para dar vida a una luz propia, no puede menos que ser sorprenderte…

Pero mis constelaciones favoritas, son las que se forman en la inmensidad de tu espalda. Justo ahí, entre tu piel blanca, encuentro las constelaciones que le dan sentido a mi universo.

Podría pasar horas y horas describiendo tus cualidades, tu belleza. Pero confieso que los momentos que mas atesoro, son aquellos cuando veo tu espalda descubierta, y, en medio de esa piel colmada de lunares inconexos, descubro la inmensidad de tu ser. Cuando con mis dedos recorro cada uno de ellos, formando constelaciones inexistentes. Cuando te arrullo con ese andar de mis manos, y observo como duermes; calma, regalándote a tus sueños, en los que espero estar yo…, cuando ni siquiera imaginas que te esté observando, que me grabo tu presencia para luego perderme en ella. Perderme en esa galaxia de tu espalda.

Ahí, en ese momento, me doy cuenta que cambiaria todo el universo que no conozco y que me es tan anhelado; por él que descubrí pero que no comprendo, por él que exploro pero quizá nunca conoceré completamente. Ese universo llamado tú.

Dicen que es más lo que se aprende en un texto del que lo escribió, que de los personajes que describe.

Y es bien difícil escribir sin plasmar lo mas profundo de tu ser; lo haces a través de un personaje, de una frase, de un escenario… de un pensamiento ajeno.

Confieso que el mejor día de mi vida, fue aquel cuando llegue a casa y me dijiste: Ha llegado mi escritor favorito, que digo favorito, el único del universo para mí.

Sabes que las letras son mi mundo. Sabes que mi sueño es que me comparen con Gabo, con Hesse, con Pacheco, Asimov, Ray, Wallace… tantos que idolatro, tantos a los que leo… tantos que jamás me leerán.

Porque ellos no son como tú. Ellos aspiran (o aspiraban) a premios nóbel, a cientos de copias vendidas, su ego no los dejaba ver mas allá de sus letras. Tú sabes que solo escribí para ti. Siempre estuviste ahí cuando rechazaron mis novelas por ser demasiado cortas y mis cuentos por ser demasiado largos. Confundieron mis ensayos con críticas y los echaron a la basura. ¿Dime quien me ayudo a recogerlos, junto con mis sueños, sino tú?

Es por eso que esto, que es lo último que escribo, es para ti.

Nunca tuve una novela, nunca publique un libro, de haberlo hecho, la dedicatoria solo sería para ti. El capitulo final llevaría tu nombre. Y el titulo, seguramente, empezaría con la letra  C, de mi corazón que es tuyo.

A pesar de que siempre que me siento triste, que me siento mal, que algo me aqueja hago esto: escribir. Ahora el hacerlo no mitiga la tristeza que siento, la soledad que ocupo tu lugar y que no comprende ni la mitad de lo que comprendías tú.

Creo que esto se debe a que ahora sé que tu cara límpida que me despertó hoy, el abrazo al despedirme y verte diciéndome adiós al partir; son los últimos recuerdos que tendré de ti. No habrá más. No habrá otro beso, otro abrazo… no habrán ni siquiera remasterizaciones.

No ha pasado siquiera un día y ya te extraño.

Seguramente esto es lo peor que he escrito, pero es lo mejor que ha brotado de mí. Seguramente, aunque no lo entenderías –como la mayoría de las cosas que escribía- me dirías que es bellísimo.

Y es que nunca me engañaste. ¿Crees que esperaba que una persona que jamás fue aficionada a la lectura, le interesarían los textos de un escritor novato que solo narraba tragedias y romanticismo pueril y hueco? No, sé que muy pocos textos disfrutaste, que muy pocos en realidad los sentiste… pero, lo mas importante fue que los aceptaste, los guardaste y los llegaste a amar como se ama lo sublime, porque sabias que eran una parte de mí.

Lo que más me duele, es que, estés en donde estés, desearas que siga adelante. Que no te olvide pero que no mire hacia atrás. Me duele porque te fallare; no podre… sin ti no hay mas… y mas aun me duele,  el que querrás que te perdone por no haber leído mi ultimo escrito; no hace falta, por que yo te leeré cada día en el firmamento.

Es el primer día de tu ausencia, es el último día que escribo. Siempre que vea fuego pensare en una historia diferente donde estemos juntos de nuevo… donde existirá vida después de la muerte, por que así, no vivo, solo te extraño…

Y lo peor, es que no la escribiré, no quedara en los anales del tiempo. Porque hoy, hoy quede solo… porque hoy ha muerto la musa de mi inspiración.


Mire por el cristal empañado de vuelta a casa, y no pude evitar traer a mi memoria todo lo bien que me hacían sentir sus brazos, sus palabras, su compañía. Aquel que solo me prometió una cosa, una sola cosa en toda su vida… y la cumplió.

Teníamos pocos años cuando el me dijo todo lo que sentía por mi, como era de esperarse, -básicamente, por sus actitudes hacia las demás-, no le creí. Poco a poco su compañía se volvió más reconfortante, sus palabras más firmes y sus acciones mas sinceras. A su lado era el único lugar que me sentía segura.

Una vez, yo estaba destrozada. Él me consoló, me aconsejo, pero sobre todo, me escucho. Él era el único que comprendía a la perfección que, cuando una mujer habla de sus sentimientos, lo único que queremos es que cierren la boca y escuchen.

Esa vez, entre sus brazos, una cosa parecía llevar a otra; de repente, él se aparto y dijo que me amaba, pero que no podía darse esa satisfacción en medio de mi tristeza. Yo, desconcertada y ofendida, salí de su casa y no le hable durante más de un año, hasta que fue a buscarme y yo estaba totalmente reconfortada y en aras de una nueva esperanza romántica.

Charlamos durante horas.

Me dijo que era hora de marcharse. Respondí que volviera al siguiente día, cuando me dio la noticia más horrible de todos los años de conocernos: Se iría para siempre del país; hablaba de un proyecto secreto, o algo así.

Luego, tomo mis manos, -aquí es preciso recrear el ambiente- estábamos en el jardín de mi casa; el aire soplaba lento, los árboles despedían aromas frutales que eran arrastrados por la suave brisa y una ligera lluvia caía sobre nosotros. Emitió un suspiro antes de retomar dialogo alguno. Luego, con una infinita calma y seguridad, empezó:

Sabes que durante años te he amado, sabes que mis relaciones son fugaces y de poca entrega de mi parte porque tengo la ilusión de que algún día me dejes demostrar que puedo garantizarte la felicidad. Pero no me mal entiendas, no te reprocho nada, al contrario, es un placer esperar y siempre lo he hecho gustoso, pero, también toma en cuenta que nunca te he presionado, nunca he sido la sombra entre tus relaciones. Solo soy un fiel acompañante en el sendero de tus glorias y tus desazones.

Muchas personas quieren la felicidad a cambio de una responsabilidad nula. Yo se que al enamorarme de ti, grabada iba implícita una condición de fidelidad eterna. Y como siempre, estoy dispuesto a cubrir toda responsabilidad que me traiga el ser feliz a tu lado.

Pero bueno, todas las cosas, hasta aquellas mas bellas; tienen un final. No necesariamente tiene que ser por desgaste, a veces es por obligación o dignidad.

Abril, hoy, por última vez; estoy aquí para decirte que te amo y pedirte que me des una razón para permanecer atado a mis raíces, a ti. Si tú me dices que lo podemos intentar, me quedare a tu lado, solo tú puedes detenerme. No pienses en lo que perderé de quedarme. Piensa en lo que ganare, en lo que siempre he deseado. O, simplemente, no pienses en mí. Piensa en ti…

Entre lagrimas, le dije que no. No se porque esa respuesta, yo también sentía algo por él. Sabia que era imposible no amarlo, pero…

Pareció no inmutarse, me abrazo y nuestros labios se fundieron por primera vez en años. Sin duda, uno de los momentos más hermosos de mi vida.

Luego se fue.

Una semana después, supe que cometía el error más grande de mi vida. Fui a buscarlo y se había ido, no dejo rastro alguno de su paradero.

Pase la etapa más dolorosa de mi vida. A base de esfuerzos, meses malos y peores, logre reconstruirme.

A los tres años de su partida, me case.

La vida era feliz, mi marido era un buen hombre. Pero no había día en que no pensara en él.

Ayer, en un día normal, mientras hacia los quehaceres domésticos; llego un hombre extraño y toco la puerta. Vestía de negro y su semblante era de tristeza. Cuando le pregunte que qué se le ofrecía, puso en mi mano extendida, una libreta café mientras mencionaba que tenia instrucciones precisas de entregármela solo a mí y personalmente; y se marcho…

Abrí la libreta, y con sorpresa me di cuenta que solo la primera hoja estaba escrita:

Abril.

Para el momento que estés leyendo esto, yo estaré lejos. Y no me refiero a distancias, hablo de “más allá”. El día de ayer, por la noche, fui sometido a la prueba de un proyecto que llevaba años perfeccionando, el proyecto del que te hable al despedirme. Por años trabaje en el. Probablemente no funcione y no me veas nunca más. Pero hay posibilidades de que sí, en cuyo caso, nos veremos pronto y luchare, de nuevo, por estar contigo. Eso será antes de conocernos… mucho antes.

En la libreta, cada día iré escribiendo un pasaje de nuestra historia, para que la vivas conmigo y sea casi real también para ti. Creo que te conozco lo suficiente, con esto tengo las armas necesarias para que llegues a amarme.

Algún día, quizá, sepas la verdad, o mas bien quiero decir, tu otra “tú” la sepa, o las otras “tú” eso lo decidirá el tiempo.

Hace mucho tiempo te hice una promesa, y siempre la he cumplido, y de hecho, que mejor prueba de que la sigo cumpliendo. Ahora, tengo una nueva oportunidad de amarte y esperarte y, quizá, de que me ames.

Bueno, me despido por hoy. Si todo sale bien, como lo espero, y las dimensiones espacio – tiempo no sufren cambios asíncronos; mañana a esta hora te contare cómo nos conocimos.

Ahora solo quiero verte, porque ahora, mas que nunca, estoy convencido que pasare la eternidad cerca de ti… y si no, yo puedo esperarte por siempre… o más…

Te amo.

 …

Él recuerda cuando soñaba con conocer, con estar en un montón de lugares, con tirarse a todas las chicas del pueblo, escribir un buen libro, tal vez un poco de música… bien dicen que los sueños terminan al momento de levantarse de la cama…

Y todo era perfecto, el lugar, el ambiente propicio…

Las golondrinas volaban cerca del malecón, entre los árboles, se escuchaba el crujir de las ramas por los pájaros volviendo a sus nidos, el ligero viento llevaba consigo una brisa salada que se mezclaba con el sudor de su cuello y dos descarriadas y soñadoras almas volaban a través de la distancia uniéndose en los cuernos del menguante de aquella mágica luna invernal.

Hace falta comenzar desde el principio, hace falta decir que se conocieron por azar, que él trabaja hasta la media noche y recibe un deposito bancario en dólares cada quince días que le manda a ella y a su madre y la visita dos veces al año.

El último Ferri sale de la Madison a las siete y no llega a su destino sino hasta las diez. Durante su recorrido mira su fotografía tratando de no extrañarla tanto y jura romper las distancias… ignora al junkie que se le acerca y le pide fuego; el no fuma; podría dejarla sola debido a cáncer y sabe que él su héroe…

El malecón se empieza a vaciar poco a poco, todos van a sus casas a vestir a las hijas, a ponerse elegante… es una fecha especial. Mientras, las corrientes de pasión que proveen a aquellos dos acaparan las miradas atónitas de los últimos paseantes. Él le promete estabilidad; ella dice que aun no es momento…

Los niños que corren por las avenidas hoy estrenan zapatos, los viejos del pueblo abren su Budweiser mientras discuten por enésima vez entre ellos, el porque la rajada en el pecho es mas valiosa y da mas hombría que el rozon de bala en la pierna…

Mira la ventanilla y observa el menguante de la luna, recuerda las tardes de pasión sobre el pasto del parque España, cuando los paseantes se habían ido y solo estaba la complicidad del graznar de los gansos. Le reconforta creer que al menos, a pesar de la distancia, ambos pueden ver la misma luna, y así, un parte de ellos siempre esta unida. Sí, un juego de niños, pero para ellos, es más que eso.

La temprana ausencia de transeúntes sobre el malecón, abre la puerta a lo prohibido, a la trasgresión… él empieza lentamente, le descubre los pechos mientras ella acelera su respiración. Antes de darse cuenta, están recostados sobre el pavimento húmedo, protegidos de la total impunidad solo por una vieja y oxidada lamina de Pepsi.

La calma del ocaso empaña de tranquilidad al pueblo. Los viejos platican sus historias increíbles. Los niños juegan despacito para no ensuciarse la ropa nueva. Las esposas y las madres tienen las hoyas todo vapor, están esperando a la generación valiente, a esa que se fue cuando vio que en el pueblo pues nomás no y jalo pa’l norte con solo un montón de sueños en la cartera y un Buffett de esperanzas en el estomago.

El Ferri esta a solo a media hora. Por fin aparta la vista de la foto, mira el horizonte, se la imagina arreglándose, poniéndose ese perfume de olor dulzón que le mando, Chanell, creo que se llama –susurra con felicidad y agobio al recordarla-.

Se conocieron en una kermes, en esa donde los niños se encargan de corretear a los de la generación de en medio para casarlos de a mentiritas. Ella era la pura, la casta; la de blanco hasta el matrimonio, la de las esperanzas, la que dijo no a jalar pa’l norte y mejor se fue pa’l sur, a media hora nomás, a hacer la normal para sacar a su pueblo de la ignorancia, dice ella. Y lo ha logrado, con sacrificios a conseguido eliminar casi en su totalidad la idiosincrasia machista de los rudos esos que presumen de comerse hasta el gusano del mezcal.

Cuando entre risitas nerviosas dijo acepto y el chillido de los niños los rodeo con flagrantes “Beso, Beso” ella supo que era eso de las maripositas en el estomago que tanto le platicaban sus amigas… dos meses mas tarde, también descubriría eso de tocar las estrellas que sus amigas, las mas experimentadas, alardeaban.

El éxtasis llega junto con el Ferri, ella, con el poco campo de visión que le dejan esos anchos hombros que la enciman, lo hace viendo la luna; dos minutos después él ya esta sentado sobre la banca fumando y la apresura. Ella se levanta, se acomoda el vestido y se arregla el cabello. Luego, cada quien se marcha hacia un lugar diferente. En el camino, ella se pone perfume Chanell mientras con la otra mano se retoca el maquillaje.

La distancia afianzo el amor y la costumbre se encargo de destruirlo.

Son las diez con diez y todos los paisanos en la terminal se despiden y se va cada quien a su casa. La bienvenida corre a cargo solo de esa bella luna menguante, la misma luna que es cómplice de lo transgénico y lo sublime, la misma luna que ambos ven, la única que sabe cuan valioso es ese juego de niños.

Para la más fiel copiloto en el roadtrip de mi vida…

Cuando era niño, me gustaba salir por las noches y echarme sobre el pasto húmedo del jardín mientras observaba las brillantes estrellas en el cielo. Pasaba horas y horas contemplando el firmamento mientras que, señalando con el dedo, unía unas estrellas con otras formando constelaciones inexistentes de figuras extraordinarias. El espectáculo era tan claro y mi imaginación tan grande, que casi parecía ver las líneas que las unían, y de un momento a otro, era transportado a ese mágico mundo de brillantes puntos en el firmamento donde mis propias constelaciones cobraban vida.

Con el tiempo fui perdiendo poco a poco mi afición a ese espectáculo nocturno. Mi imaginación fue disipándose entre las responsabilidades y esas figuras extraordinarias de puntos temblorosos y brillantes, ahora solo eran puntos inconexos esparcidos entre un manto de infinita oscuridad.

Pasó el tiempo y me encontré con diversas trivialidades, me era difícil andar con la vista al cielo; era inútil vislumbrar un firmamento que no fuera caótico por esos años. Después, por azar, me tope con Ella. Primero vino la amistad, después el flirteo involuntario y por ultimo, casi sin quererlo; el necesitarla día a día.

En sus ojos, y cuando no lo buscaba; encontré el amor.

Pero en sus hombros y su espalda, encontré de nuevo mi imaginación perdida y mi afición infantil.

Sobre su blanca piel, descansaban infinidad de pequeños lunares que formaban de nuevo una galaxia perdida tiempo atrás; allí tenia de nuevo el lienzo para inventar mis propias constelaciones, nuestras propias constelaciones.

Fueron los mejores años de mi vida: Redimirme con mi inocencia mientras experimentaba el placer de necesitar a alguien. Por años, dibuje con mis dedos cientos de figuras. Inventamos nuestras propias constelaciones que solo aquilatábamos nosotros dos. Ella, recostada hacia abajo y con los ojos cerrados, se arrullaba con mis dedos recorriendo cada una mientras le susurraba lo que formaba. Algunas veces la reconocía sin que yo mencionara palabra, me daba cuenta por la ligera sonrisa que formaban sus labios y sus profundos suspiros.

Una noche nublada y de tormenta eléctrica, fue alcanzada por un rayo. Los doctores no pudieron hacer nada.

En su lecho de muerte, me prometió que Ella seria la primera estrella de la tarde, el epicentro donde comenzarían a formarse todas nuestras constelaciones, con una sonrisa en los labios, menciono que por fin podría verlas y disfrutar de ellas tanto como lo hacia yo.

Algunas noches, cuando mi cansado cuerpo lo permite, me echo sobre el pasto húmedo y la busco, luego; comienzo a formar señalando con el dedo cada una de nuestras constelaciones, me doy cuenta que Ella por fin puede verlas porque, aunque digan que es mi imaginación, cuando las reconoce, veo su ligera sonrisa formada en el cielo y escucho sus profundos suspiros.

Maria sale de su casa a las siete de la mañana, como todos los días, tiene la esperanza de llegar temprano al trabajo. Va caminando y su bolso queda atorado en la manija de la puerta y caen sus cosas al piso. Pierde cerca de cinco minutos recogiéndolas, cuando termina y se dirige a la estación del metro, se da cuenta de que acaba de salir.

Abril termina el turno de madrugada. El área de urgencias tuvo una noche agitada y su cansancio alcanza cotas inimaginables. Lo único que quiere es llegar a su casa y dormir; se detiene frente a su coche y se da cuenta de que olvido las llaves en su casillero.

Manuel enciende el autobús, lleva seis años ejerciendo la profesión de chofer urbano; por primera vez en esos seis años se le hizo tarde e iniciara su ruta dos horas después de su horario habitual. Se despide de su esposa con un beso en la mejilla.

La noche fue pesada. El calor y mi insomnio se encargaron de darme solo una hora de sueño decente, y para redondear, el despertador fallo. Miré el reloj y note lo tarde que era, ya las siete con diez minutos. Corrí a bañarme y abandone la idea al recordar que el jefe no me permitiría otro retraso mas; tenia que llegar antes que el, y solo tenia veinte minutos para lograrlo.

Maria sube las escaleras del metro a toda velocidad, tiene que alcanzar el autobús que pasa a la siguiente cuadra.

Cuando encendí la motocicleta, recordé que a mi padre le hubiera gustado recorrer México en una como esta. Recuerdo al viejo, era soñador, siempre con la esperanza de que “ahora si” las suerte nos cambiaria; yo siempre lo tache de ingenuo, de conformista algunas veces; pero hoy como me hace falta ese positivismo. Esa esperanza de confiar en que algún día estaré en el lugar y tiempo precisos…

Abril revolvió todo su casillero una y otra vez con el mismo resultado. Después hurgo su bolsa del pantalón, y para su sorpresa ahí estaban las llaves. Hizo una mueca de enojo mas parecida a una sonrisa, y se dirigió de nuevo al elevador que llevaba al estacionamiento del hospital. Por fin a casa.

El lapso de siete de la mañana a siete treinta, era el peor para empezar el día y Manuel lo sabia de sobra. Entre las rutas que había en los intervalos de esa media hora, acaparaban todo el pasaje y llegar a un cuarto de la capacidad, era ganancia. Dos cuadras después de su casa, vio a una mujer que corría apresuradamente hacia el autobús. La luz estaba en verde, pero que más da – se dijo Manuel. Así recogió a su primer pasajero del día: una linda joven de unos veintitantos años con uniforme de oficinista; el cabello desaliñado, delataba que el día había empezado ajetreado para ella. Ahora solo bastaba esperar el verde de nuevo en el semáforo.

La gente siempre sueña con sueños rotos. Le gusta seguir soñando con cosas que se deshicieron mucho tiempo atrás. Creer, o tener la esperanza de que vendrán de nuevo esos tiempos de abundancia, alimentan y acrecientan el deseo de vivir. Mi viejo, al contrario, soñaba con el futuro; a pesar de que sus sueños estaban devaluadísimos, el conservaba la fe, la esperanza; antes de salir siempre se persignaba ante el cristo crucificado que yacía al lado de la puerta principal y decía: “ya mero, ya merito…”

Andrés, se detuvo dos minutos para ayudar a cruzar a una anciana la avenida Independencia. Se dirigía a la escuela y estaba a dos cuadras de llegar, así que quiso hacer su buena obra del día. Después corrió para alcanzar la luz roja y cruzar a la escuela…

Mi padre una vez me dijo: “Ten fe, Dios aprieta pero no ahorca” lo recordé porque quede atrás de un coche que traía una estampa de algún hospital, con un Jesús crucificado y la leyenda “La fe mueve montañas”. Al cambiar la luz a verde, el arrancon del automóvil de enfrente me volvió a la realidad y recordé que iba tarde al trabajo. Intente rebasarlo, pero fue inútil; un frenon repentino de dicho automóvil seguido de un “!Fíjate mocoso!”, me obligo a virar bruscamente a la derecha para no estrellarme con el. Inmediatamente, sentí un fuerte impacto en la cabeza y luego unos neumáticos enormes, como de autobús, pasar por mis brazos…

Se dice que instantes antes de morir, uno ve pasar toda su vida frente a sus ojos.

Los sueños de mi viejo, de alguna forma terminaron por impregnarme. Recuerdo la vez que estuvimos a un numero de sacarnos la lotería, “Chingales, si hubiera sido un nueve en vez de un seis…, pero ya merito hijo, ya estamos cerca” o quizá la ocasión en que viajando por carretera, vimos a una “banda” de motociclistas y dijo: “Cuando andemos nosotros así, ¿Si aguantarías el viaje?”

No se cuando deje de soñar, supongo que el día en que el viejo se fue y ni viajo en motocicleta, ni se saco la lotería. Cuando entre a despedirme de el, me dijo: “Nunca dejes de soñar ni de tener fe, ya merito nos llega el momento…”

Ahora comprendo que la imposibilidad de los sueños, los vuelve indispensables para vivir.

- ¿Se salvara?
- Tenemos que soñar con que sí… No pierda la fe.

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.